.  [1824 - 1905]Escritor, diplomático y político español, n. en Cabra (Córd.) y m. en Madrid. Estudió leyes en el Colegio del Sacro Monte de Granada y en la Universidad de Madrid. Como diplomático, desempeñó cargos importantes en las legaciones de Roma, Nápoles, Lisboa, Rio de Janeiro, Dresde y San Petersburgo -lo que le permitió conocer el ancho mundo y completar su sólida formación humanística con el dominio de las principales lenguas extranjeras- y representó a España en París como ministro plenipotenciario (1865-67) y como embajador en Lisboa, Washington, Bruselas y Viena. Como político, militó en el Partido Moderado, ocupó la subsecretaría de Estado con el duque de la Torre y, paladín de la candidatura de don Amadeo de Saboya, pasó a Italia a ofrecerle la corona de España. Toda una vida brillante, que, sin embargo, quedó oscurecida por su fama de escritor. Fue ante todo un fino literato que, en un momento tardío, abordó el género novelístico; un hombre de gran cultura, lector de Goethe y de los clásicos griegos -tradujo Dafnis y Cloe-, personaje de mundo y viajero diplomático, inclinado a la crítica y la polémica literaria. Es un síntoma que, en sus Cartas americanas, diera la bienvenida a las letras a Rubén Darío por su Azul... Es digno de subrayarse que, llegado el momento de la labor novelística, el problema y peligro de Valera están en el lado opuesto al de los restantes novelistas coetáneos españoles: él tiende a pecar por exceso de atildamiento y frialdad elegante, mientras que sus coetáneos, como Galdós, han de esforzarse en salvar la disyuntiva de la vulgaridad o la resonancia cervantina. También los temas de sus narraciones muestran una actitud insólita en su momento: una suerte de neohelenismo, casi paganizante, humanista en toda la extensión de la palabra, ajeno a grandes problemáticas conturbadoras, sociales o religiosas. Así,su más celebrada novela, Pepita Jiménez (1873), presenta en su argumento la figura de un seminarista que cuelga los hábitos por una bella dama de su pueblo, cortejada por el propio padre del seminarista. En contraste siempre con sus contemporáneos, Valera hace visible el ambiente y fuerza de pinceladas detallistas,de apuntes objetivos y de sugerencias calculadas, no emanando de la fuerza espontánea de los personajes. Y por lo que toca a éstos, los presenta con sutil despego y, a la vez, con meticuloso análisis psicológico. En Doña Luz (1879), Valera lleva a una tensión difícil el problema entre el amor divino y humano, ya planteado en Pepita Jiménez, aunque sin llegar a rupturas trágicas; pero ha prevalecido sobre esta obra, en la fama, Juanita la Larga (1885), con especial riqueza de ambiente popular y más próxima al tono vigente en aquella época para la narrativa. Su argumento es otra variación sobre el tema de las «afinidades» y contrastes «electivos»; pero aquí la tensión radica sólo en una diferencia humana de edad y personalidad, sin alcance religioso. Entre el reducido resto de la obra narrativa de Valera destaca el caso de Las ilusiones del doctor Faustino (1875), como posible precedente de una forma novelística que floreció después, con Unamuno y algunos autores inmediatamente sucesivos; es decir, sin interesarse por atmósferas sociales ni por el realismo imitativo, sino apuntando, en forma poética, casi alegórica, a una problemática interior de sueños y creencias. Extraído de: Biografias y Vidas
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