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LAS DALIAS |
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[David Fernández] El gato muerto entró caminando cuando la anciana apuraba su té. La impresión le hizo olvidar el dolor de los golpes recientes, pero, hasta que vio desaparecer la sangre del chal, recomponerse el jarrón y el reloj correr en sentido inverso, no tuvo la certeza de que el tiempo había decidido volver sobre sus pasos. Solo entonces cargó la escopeta y se sentó frente al jardín, dispuesta a disparar de nuevo apenas el cuerpo de su marido comenzase a revolver la tierra bajo las dalias. La taza de té volvía a estar llena. Fue su consuelo, mientras esperaba al pasado. |
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LA HERENCIA |
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[Mónica Volpini] Un día mi padre me llevó hasta la cima de un monte muy alto, y desde allí fue señalando los campos sembrados, la casa y el valle: - Algún día...Todo esto será tuyo. Volvimos en silencio. Me rebelé en contra de tan generosa entrega porque sabía lo que debería ocurrir. Bajando la cabeza, le rogué a Dios que me ayudara a entender. Y los años pasaron… Antes de ayer murió. Sin prisa y sin calma, como había pasado toda su vida de trabajo y esfuerzos. Entonces levanté a mi hijo de la cuna y corrí hasta el mismo lugar… - Esta es tu herencia, hijo mío. |
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TE LO DIGO |
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[Laura Quintana G.] Mira, te lo digo, la cosa es mas simple de lo que parece, el asunto puntual nos lleva de plano al resultado de tu infidelidad, que aunque tu quieras hacer creer que es mi culpa, no veo de que manera puedo tener algo que ver en el hecho que de un día para otro amanecieras en otra cama, en otros brazos. Ahora, tú sabes que a pesar de todo y sólo para que estés más tranquilo, puedo aceptar tener algo de culpa en eso, pero jamás cargaré con la culpa de la muerte de esa mujer, aunque en algún momento la odie y quizás hasta lo pensé y lo fragüe en las noches en que sin querer pasaba la línea imaginaria hacia tu lado de la cama, y me encontraba con las sábanas frías. El asunto es simple, tu eres el asesino, sin querer fuiste problema y solución, viste de no haberla mirado en la fiesta esa, estarías ahora junto a mi tomándote un Tom Collins y no allí ,bajo tierra donde te puso su marido. |
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DESPEDIDA |
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[Josemariagatti] La besó. Volvió a besarla. Siguió besándola. La encerró entre sus brazos. Acarició sus hombros. Ella volaba, soñaba, reía. Un instante de amor es eterno. La besó una vez más. No podía separarse. No deseaba dividirse. Ella cruzó la avenida. Él la observó atento. Ella volvió la cabeza. Él la saludó con un gesto. Ella se perdió entre la gente. Él se quedó sin la gente. Ella llegó a su oficina. Él dispuso el día libre. A las 20 ella regresó a la esquina. Él nunca regresó. Ella cree que encontró la infidelidad. Él cree que conoció la libertad. |
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SOY PELUQUERO |
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[Max Aub] Es una cosa que le sucede a cualquiera. Hasta me atrevo a decir que soy un buen peluquero. Cada uno tiene sus manías. A mi me molestan los granos. Sucedió así: me puse a afeitar tranquilamente, enjaboné con destreza, afilé mi navaja en el asentador, la suavicé en la plama de mi mano. ¡Yo soy un buen barbero! ¡Nunca he desollado a nadie! Además aquel hombre no tenía la barba muy cerrada. Pero tenía granos. Reconozco que aquellos barritos no tenían nada de particular. Pero a mi me molestan, me ponen nervioso, me revuelven la sangre. Me llevé el primero por delante, sin mayor daño; el segundo sangró por la base. No sé qué me sucedió entonces, pero creo que fue cosa natural, agrandé la herida y luego, sin poderlo remediar, de un tajo. le cercené la cabeza. |
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EL VERDUGO |
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[Arthur Koestler] Cuenta la historia que había una vez un verdugo llamado Wang Lun, que vivía en el reino del segundo emperador de la dinastía Ming. Era famoso por su habilidad y rapidez al decapitar a sus víctimas, pero toda su vida había tenido una secreta aspiración jamás realizada todavía: cortar tan rápidamente el cuello de una persona que la cabeza quedara sobre el cuello, posada sobre él. Practicó y practicó y finalmente, en su año sesenta y seis, realizó su ambición. Era un atareado día de ejecuciones y él despachaba cada hombre con graciosa velocidad; las cabezas rodaban en el polvo. Llegó el duodécimo hombre, empezó a subir el patíbulo y Wang Lun, con un golpe de su espada, lo decapitó con tal celeridad que la víctima continuó subiendo. Cuando llegó arriba, se dirigió airadamente al verdugo: -¿Por qué prolongas mi agonía? -le preguntó-. ¡Habías sido tan misericordiosamente rápido con los otros! Fue el gran momento de Wang Lun; había coronado el trabajo de toda su vida. En su rostro apareció una serena sonrisa; se volvió hacia su víctima y le dijo: -Tenga la bondad de inclinar la cabeza, por favor. |
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HABLABA Y HABLABA... |
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[Max Aub] Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro. |
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