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HEURÍSTICA. METODOLOGÍA ¿NECESARIA INTRODUCCIÓN? Imprimir E-Mail

Afortunadamente desde hace ya una decena de años la denominada HISTORIA LOCAL se ha descubierto como el mejor ‘método’ para comenzar una explicación del pasado. Una Historia que no ve como protagonistas únicos a los grandes reyes, conquistadores o políticos, que más de un estudioso identificó como “superestructura”, sino al pequeño artesano o campesino que pacientemente sufría la dependencia al espacio, a la tierra que se esfuerza en mejorar para hacer frente a la fiscalizada señorial y a los gastos de mantenimiento de la célula familiar que dirige. Destaca así la importancia del caso, del individuo, de la reconstrucción prosopográfica como medios de análisis.

El análisis local permite una aproximación a la materialidad espacial de las grandes construcciones sociales y de su dinámica interna, un acercamiento al origen de sus estructuras y a su desarrollo cotidiano, en resumen una visión particularizada de los modelos generales. El caso singular podrá servir así para apoyar la teoría, en la medida que la ejemplifica o la comprueba localmente. Con todo, el estudio concentrado en pequeñas áreas, como ahora en el señorío de Manises durante el siglo XV, no deja de ser también un instrumento apropiado para dar cuenta de la diversidad de situaciones y fenómenos originales que escapan a las generalizaciones de los modelos o las grandes teorías históricas [1]. Pero el estudio no es aislado, la relación del objeto de estudio con entidades mayores es necesaria y configura una dimensión espacio-temporal básica que concede una coherencia al estudio. Así la confección del trabajo ha de ser, sobre todo, la reconstrucción de las relaciones que unen a los hombres y al medio en un espacio vivido, una tierra, un espacio señorial. En definitiva, se trata de observar y comprender las relaciones y el funcionamiento de una comunidad rural -Godella- donde se articulan tres planos: el que une al campesino con el medio (a través de temas de estudio como el trabajo, las explotaciones agrarias, las parcelas, los cultivos, las técnicas), el que le ligaba a la comunidad (relaciones vecinales, gobierno municipal, estrategias matrimoniales, familia, mercado, parroquia) y finalmente el que le sometía al señor (el pago de censos, rentas, créditos). Así, en lugar de estudiar el señorío con un enfoque epicéntrico o unilateral, pretendemos hacerlo desde una perspectiva que permita observar el funcionamiento de la comunidad campesina ligada al señorío donde se inscribe.

Un acercamiento inicial que nos muestra un espacio vivido y humanizado, unos cambios en la sociedad, en la economía y en la morfología rural… Y para entender los procesos históricos no debemos olvidar un factor fundamental: lo que se denomina la historia subjetiva, la cotidianidad, es decir, cómo vivieron los acontecimientos sus propios protagonistas. Por todo ello, se revela fundamental la fuente, la cita textual del documento como medio de conocimiento histórico.

La documentación utilizada para la investigación es de carácter privado, los protocolos notariales, lo que supone pluralidad y amplitud de información. El notario, como persona que goza de la fides publica, es capaz de dar validez a todo tipo de contratos (matrimoniales, mercantiles, crediticios...), llegando a veces a la especialización profesional y al clientelismo: notarios que se dedican a trabajar en una villa o comarca concreta, o para grupos socio-profesionales específicos (mercaderes, artesanos, nobles, eclesiásticos ... ); todo confirma el volumen de información en los protocolos.

Pero ¿cómo trabaja el notario?, ¿cómo filtra, procesa y ordena la información de los encargos? Hay que distinguir diversas fases dentro de su oficina, lo que da lugar a una primera tipología documental según el momento de la redacción:

1. Acto de la Rogatio: el cliente acude al notario para validar su gestión. El escribano anota los datos fundamentales del asunto dando lugar a una primera cédula (minutari y rebedor).

2. Redacción del documento solicitado abreviando el formulismo legal y etceterando los párrafos. Es el denominado protocolo en tamaño de cuartilla.

3. Redacción del documento en extenso, sin abreviar, y en tamaño folio, llamado notal, para evitar las posibles confusiones del protocolo.

Estos son, pues, los tres tipos posibles de libros que nos han quedado en los archivos notariales, al margen de los originales en pergamino que, evidentemente, eran cedidos a los interesados. De los tres, el primero es confuso y de difícil interpretación, mientras que el tercero era muy poco usado y, a pesar de las disposiciones legislativas, era extraño -por el exceso de trabajo- que lo redactasen. Se comprende así que sea el protocolo el libro más valioso. Además era normal que notarios muy prolíficos tuviesen volúmenes especiales para un tipo concreto de documentación (testamentos, seguros, créditos ..)[2]

El variadísimo contenido informativo de los protocolos se podría clasificar a su vez en: 1. Documentos sobre bienes inmuebles: compra-ventas, alquiler, donaciones, permutas, establecimiento a censo… que permiten reconstruir los patrimonios, el mercado de la tierra (muy activo en la Godella del siglo XV), los cultivos, etc.

2. Documentos sobre comercio y artesanía: contratos de trabajo, reconocimientos de deudas, creación de compañías, seguros, letras de cambio… compraventa de mercaderías, contratación para venta anticipada, etc.

3. Documentos relativos a la persona: nombramiento de procuradores o cartas de poder, capítulos matrimoniales y dote, tutela de menores, testamentos, etc. (manifiestan las relaciones de amistad, profesionales, de parentesco, delimitan lo privado, lo público ... ).

4. Documentos crediticios: carregaments de censal, quitaments, préstamos, violarios, etc. (nos muestran la movilidad de capital, su concentración, los grupos de poder, la jerarquía campesina...).

5. Documentos relativos al arte de notaría: correción de documentos, cancelaciones, cláusulas, costos de redacción…

Esta variación supone riqueza y amplitud de visión para la sociedad medieval, pero plantea al investigador problemas no sólo de recogida y almacenamiento, sino también de proceso y tratamiento de la información. Y es aquí donde surge el auxilio -y la necesidad -de la informática como un medio imprescindible.

Resulta incuestionable que la interpretación en Historia no se construye a partir de documentos excepcionalmente importantes o de fácil seriación. Es más bien a partir de muchos documentos de naturaleza heterogénea -ya lo hemos visto- y muchas veces insignificante a priori, desde donde hoy el historiador intenta dibujar la personalidad social de los sujetos. Posiblemente la principal causa que ha cimentado tal convicción metodológica ha sido el desarrollo del microordenador en las ciencias sociales. El fervor por una historia cuantitativa y serial -de moda en los años 70- ha sido apagado perfectamente por el desarrollo de las nuevas bases de datos que nos han permitido manejar en breves segundos grandes masas de documentación disponibles.

Un ordenador proporciona al historiador unos recursos de acceso a la información, preparación de manuscritos, simulación, análisis estadístico y diseño de gráficos que, veinte años atrás, sólo estaban a disposición de equipos de investigación amplios, y hace cincuenta años nadie podía conseguir.[3]

Con todo, el método prosopográfico (reconstrucción de la actividad de un individuo, familia ... ) se presenta hoy probablemente como el único instrumento capaz de restituir con precisión y con valor estadístico la imagen de una sociedad medieval compleja y profundamente articulada. La reconstrucción de la fisonomía típica de cada sujeto dentro de sus espacios de sociabilidad -si se prefiere dentro de su trayectoria familiar de clase- hará posible ulteriormente una interpretación y una explicación. Las dificultades de los censos prosopográficos están en la dispersión de las fuentes, la imposibilidad de elaborar listas exhaustivas y la fijación de una correcta onomástica. [4]

Pero la unidad básica de información en los proyectos de historia centrados en la elaboración de censos prosopográficos no es la fuente, sino cada uno de los acontecimientos en torno a los cuales se desarrollan las condiciones de vida de cada persona, de cada campesino. Condiciones que después han de ser comparadas con multiplicidad de situaciones parecidas o diferentes, para captar las trayectorias comunes y las no tan comunes. Por ello, también ese retorno al acontecimiento de la vida cotidiana, de la trayectoria personal de cada individuo, permite reconciliar al historiador con la verdadera protagonista de la Historia: la sociedad con nombres y apellidos.

Es así que el retorno a los sujetos y a los acontecimientos no es un retroceso en el oficio del historiador, en tanto vuelta a la historia factual o de las grandes biografías, sino más bien se trata de un redescubrimiento de la humanidad oculta detrás de las investigaciones en historia. Es el estudio de los grupos sociales desde la realidad de los sujetos que forman parte de ellos, es la reconciliación del historiador con la multitud que espera ser recuperada de la enorme condescendencia de aquellos que la definen como masa abstracta.

¿Cuál es el sujeto de la Historia? La respuesta es bien sencilla: siempre el individuo en sociedad, tanto el historiador que interroga como las personas pasadas historiables. Por eso es lícito afirmar que el historiador, como otro individuo en sociedad, es sujeto y objeto a la vez. Se puede afirmar así que la objetividad no existe en los libros de historia, por mucho que se empeñe el historiador. Quizás convenga repetir incluso que la Historia sirve para transformar la sociedad o para reorganizarla: para construir el futuro. Función y utilidad que está directamente implicada por un compromiso ideológico contra toda forma de opresión y de explotación de unas personas por otras en la sociedad actual. La Historia, así, por ejemplo, desde esta observación puntual del presente y a partir de las experiencias del pasado, debe permitir a todos proyectar un futuro cuya coherencia sea: menos desigualdad, más conciencia crítica constructiva. [5]

Surge así la trascendencia de estudios, de investigación local, como en este caso el de la villa de Godella. Dedicarnos a estudiar nuestro pasado nos permite conocernos mejor a nosotros mismos y a la gente que vive en nuestro entorno, para intentar configurar así nuestro futuro. Esperemos que las iniciativas y las ayudas por parte de los dirigentes se vayan multiplicando.

 

NOTAS

1 . La bibliografía acerca de las características, condicionamientos y método de la Historia Local se puede considerar ya abundante en nuestro País, artículos y congresos que contribuyen a una toma de conciencia positiva. Ver especialmente el volumen Reflexions metodològiques sobre la historia local. Girona, 1985. En 1988 se llevó a cabo el I Col.loqui d’Histbria local. L’Espa¡ Viscut, publicado en 1990, con la posterior periodicidad asegurada. Poco tiempo después la revista Saó dedicaba en su número 118, abril de 1989, un dossier a la historia local valenciana con colaboraciones de Antoni Furió, Manuel Ardit, Pedro Ruiz y Ferran Garcia-Oliver. No citaremos las innumerables iniciativas de carácter comarcal que contribuyen a este proceso historiográfico.

2. Entre numerosos trabajos de interés archivístico, uno de los mejores, estudios sobre metodología, clientela y documentación notarial en época bajomedieval, es la tesis doctoral inédita de CRUSELLES, J.M.(1991) Comportamiento social y actividad profesional entre los notarios de Valencia (s.XV). Universitat de Valencia.

3. Vid. SCHRODT, Ph.A.(l 987) El microordenador en las ciencias sociales. Barcelona, ed. Crítica (edición original estadounidense de 1980). Una aplicación más concreta en el artículo de CARVALHO, L(1993) “Soluciones infórmaticas en microhistoria---, en Taller d’història, 1, Centre d’Estudis d’Història local, Diputació de Valencia, pp. 13-28.

4. Vid. el volumen “La Prosopographie. Problémes et méthodes”. Mélanges de 1’École Française de Rome. 1988, tomo 100. Sobre todo las aportaciones de J.Verger y L. Fossier.

5. No hemos tratado de establecer pesadas elucubraciones sobre el objeto final de la ciencia histórica. Las reflexiones surgieron del diálogo con dos compañeros de investigación, Germán Navarro y David Igual, durante la preparación de una comunicación presentada al Congreso Internacional “A HISTORIA A DEBATE”, Santiago de Compostela, julio 1993. Desde aquí agradezco toda su colaboración.

 
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